52 palabras, Fotografía

46/52 palabras: urbano

20150809 (004)

Perfil de una gran ciudad.

Captamos esta imagen desde las alturas, a través de los ojos de un ave nocturna que vuela muy alto. 

En el amplio panorama, la ciudad parece un gigantesco ser vivo. O el conjunto de una multitud de corpúsculos entrelazados. Innumerables vasos sanguíneos se extienden hasta el último rincón de ese cuerpo imposible de definir, transportan la sangre, renuevan sin descanso las células. Envían información nueva y retiran información vieja. Envían consumo nuevo y retiran consumo viejo. Envían contradicciones nuevas y retiran contradicciones viejas. Al ritmo de las pulsaciones del corazón parpadea todo el cuerpo, se inflama de fiebre, bulle. La medianoche se acerca y, una vez superado el momento de máxima actividad, el metabolismo basal sigue, sin flaquear, a fin de mantener el cuerpo con vida. Suyo es el zumbido que emite la ciudad en un bajo sostenido. Un zumbido sin vicisitudes, monótono, aunque lleno de presentimientos.

Nuestra mirada escoge una zona donde se concentra la luz, enfoca aquel punto. Empezamos a descender despacio hacia allí. Un mar de luces de neón de distintos colores. Es lo que llaman un barrio de ocio. Las enormes pantallas digitales instaladas en las paredes de los edificios han enmudecido al aproximarse la medianoche, pero los altavoces de las entradas de los locales siguen vomitando sin arredrarse música hip-hop en tonos exageradamente graves. Grandes salones recreativos atestados de jóvenes. Estridentes sonidos electrónicos. Grupos de universitarios que vuelven de una fiesta. Adolescentes con el pelo teñido de rubio y piernas robustas asomando por debajo de la minifalda. Oficinistas trajeados que cruzan corriendo a fin de no perder el último tren. Aún ahora, los reclamos del karaoke siguen invitando alegremente a entrar. Un coche modelo Wagon de color negro y decorado de forma llamativa recorre despacio las calles como si hiciese inventario. Lleva una película negra adherida a los cristales. Parece una criatura, con órganos y piel especiales, que habita en las profundidades del océano. Una pareja de policías jóvenes hace la ronda por la misma calle con expresión tensa, pero casi nadie repara en ellos. A aquellas horas, el barrio funciona según sus propias reglas. Estamos a finales de otoño. No sopla el viento, pero el aire es frío. Dentro de muy poco comenzará un nuevo día.

After dark, de Haruki Murakami.

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52 palabras, Fotografía

45/52 palabras: silencio

20150807 (021)

Además, el niño lleva las gafas sujetas con patillas anatómicas detrás de las orejas junto a los audífonos, los ojos llenan casi toda la lente. Su aspecto llama la atención general, a menudo también la compasión, especialmente de las señoras mayores -según me ha contado Audur-, que a veces le meten caramelos de regaliz en el bolsillo del abrigo.

Me reconoce enseguida y se le nota en la cara que está contento de verme. Me abraza por la cintura durante un momentito, y alza los ojos mirándome concentrado mientras se expresa, se muestra paciente a la espera de comprensión y reconocimiento.

Yo no sé lengua de signos, por eso intenta hablar claro: exagera cada movimiento de los labios cuando forma algún sonido que él mismo a duras penas puede escuchar, se esfuerza en cada palabra. No obstante, los sonidos suenan huecos y me es difícil entenderlo. Me agacho en cuclillas, así al menos podemos mirarnos a los ojos mientras se expresa.

[…]

Avanzamos al mismo paso que la niebla por la carretera, vamos despacio, porque estamos de vacaciones y tenemos tiempo suficiente. Paramos de tanto en tanto para comprar algo para comer y a veces nos ponemos la ropa de lluvia para recoger tesoros al lado de la carretera, valiosas piedras mojadas; llenamos poco a poco el coche de semejantes tesoros: gravilla, ropa mojada, anoraks, calcetines, un saco de dormir, gorros, guantes, migas y musgo de toda clase. El niño está ocupado tanto en hacer dibujos como en hacer signos con el dedo índice en el vaho de su ventanilla. De vez en cuando deja de llover y podemos ver el paisaje por la ventana: se alza frunciéndose en una cuesta con unos pliegues gigantescos pero enormemente hermosos. Entonces aparcamos el coche en busca de un cráter no demasiado grande, justo a un lado de la carretera para poder verlo y pensar en el caos de esta naturaleza empapada. Luego nos tumbamos en el páramo para ver lo rápido que corren las nubes. La luz es delicada y transparente, igual que un finísimo velo de algodón cubriéndonos a mí y al niño.

La mujer es una isla, de Audur Ava Olafsdottir.

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52 palabras, Fotografía

44/52 palabras: espacio negativo

20150803 (034)

Durante estos tres meses y veinte días recorrimos cuatro mil leguas, poco más o menos, en el mar que llamamos Pacífico, porue mientras hicimos la travesía no hubo la menor tempestad.

No descubrimos en este tiempo ninguna tierra, excepto dos islas desiertas, en las que sólo encontramos pájaros y árboles: por ello las designamos como islas Infortunadas. No encontramos fondo a lo largo de estas costas y no vimos más que muchos tiburones. Están a doscientas leguas una de otra. La primera está a los 15º de latitud meridional; la segunda a los 9º. Según la singladura de nuestro navío, que tomamos por medio de la cadena de popa  (la corredera), recorrimos cada día de sesenta a setenta leguas; y si Dios y su Santa Madre no nos hubiesen concediodo una feliz navegación, todos hubiésemos perecido de hambre en tan vasto mar. Pienso que nadie en el porvenir se aventurará a emprender un viaje parecido.

Primer viaje en torno del globo, de Antonio Pigafetta.

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