52 palabras, Fotografía

31/52 palabras: a la mesa

20150426 (032)

El restaurante donde tengo cuenta para las cenas está al lado de la hospedería: aquí está todo al lado de todo lo demás. La mujer sabe quién soy, el padre Tomás le ha anunciado mi llegada. En realidad no es más que una salita con cuatro mesas con mantel, el olor es bastante peculiar, dulce y agrio a la vez, como de marisco y agua de rosas. La mujer me saluda desde la cocina, envuelta en una nube de frituras, en la mano lleva una espumadera que gotea grasa, y con un movimiento de la espumadera me indica que me siente a una mesita del rincón. Al pasar echo un vistazo a la cocina: la mujer está junto al fogón metiendo el pescado lentamente en la grasa burbujeante. Al poco rato lo repesca, amarillentos aros crujientes de calamar, los echa en mi plato, corta un limón con un arma de aceradísimo filo, lo sirve sin mucho esmero en el plato y me lo da. La mujer huele un poco a agua de rosas a través del olor a frito. Después me pone en la mesa un cuenco de natillas que cubre con chocolate de una jarra.

Rosa cándida, de Audur Ava Olafsdottir

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52 palabras, Fotografía

30/52 palabras: líneas

20150418 (020)

¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.

El prao Sotomonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado, le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.

¡Adiós, Cordera!, de Leopoldo Alas “Clarín”.

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52 palabras, Fotografía

29/52 palabras: donde estoy

20150412 (034)

Una tarde de sol

Qué pena no ser ave de paso, ni derrota de carta marina.

Qué dulce ser el trapo blanco, henchido al viento del velero que alegre se encabrita.

Qué lento ser ciprés, viviendo erguido al cielo y saber que todo en este mundo necesita su tiempo.

Qué pena no ser ave de paso, ni proa que acuchilla siete mares,

o relumbre del zarcillo de bella muchacha, que descalza baila por los parques.

Busco en el ruido de las plazas, busco en las calles de ciudades que ya no conozco, 

busco el aroma de mujeres que pasan a sus cosas, a su lucha, a la tarea que les toca.

Guardo una tarde de sol, una tarde de sol por si hace falta, ese es un tesoro que nadie podrá arrebatarme.

Guardo la mirada risueña de alguna muchacha, guardo en un bolsillo el color de la piel de una naranja.

Mejor pluma del ala de un perro, que pasar los días esperando,

ahumar el avispero de la mente, que se dispersen la desidia con sus sombras.

Qué pena no se ave de paso, o arrecife sobre barra de corales,

al alba, pálida ave de paso, que flota sobre espumosas mares.

O destello de un pez de hoja de lata, flor de agua,que  reluce y baila en los estantes.

Te busco entre la gente de las plazas, te busco en las calles de ciudades que ya no recuerdas.

Te busco en el perfume de mujeres que pasan, en los silencios que crecen cuando ellas no hablan.

Te guardo una tarde de sol por si la quieres, ese es un tesoro que nadie podrá arrebatarte.

Te guardo una mirada risueña que nada pretende, te guardo en un bolsillo el calor de mi piel por si vinieses.

Manolo García

Puedes escuchar la canción aquí.

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52 palabras, Fotografía

28/52 palabras: textura

20150405 (022)

Bajo los árboles del bosque, la tierra está cubierta de hirsutos erizos de castaña y de pantanos secos llenos de hojas duras. AL atardecer, láminas de niebla se infiltran entre los troncos de los castaños cuyas cortezas enmohecen las barbas rojizas de los musgos y los dibujos celestes de los líquenes. El campamento se adivina antes de llegar por el humo que se levanta sobre las copas de los árboles, y por el canto de un coro bajo que crece y se ahonda en el bosque. Es una construcción de piedra, de dos pisos, uno bajo para los animales, con suelo de tierra, y otro encima, hecho de ramas, donde duermen los pastores.

Ahora hay hombres en los dos, echados en camastros de helechos frescos y de heno, y el humo del fuego encendido abajo no tiene ventanas para salir y se engolfa bajo las pizarras del techo y hace arder las gargantas y los ojos de los hombres, que tosen. Todas las noches los hombres se acuclillan alrededor de las piedras del hogar encendido en el interior para que no los vean los enemigos, y se apretujan los unos contra los otros, con Pin en el medio iluminado por los reflejos y cantando a voz en cuello como en la taberna del callejón. Y los hombres están como los de la taberna, apoyados en los codos, los ojos fijos, sólo que no miran resignados el violáceo de los vasos: en las manos tienen el hierro de las armas y mañana saldrán a disparar contra otros hombres: ¡los enemigos!

El sendero de los nidos de araña, de Italo Calvino.

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