52 palabras, Fotografía

40/52 palabras: verano

20150623 (003)

Verano, verano de junio, el verdor otra vez sobre la tierra y el mundo entero libre y bullente. Llegaba de pronto, como el invierno, y lo advertías desde la cama, antes de despertar del todo; los cuclillos y las palomas resonaban en el bosque desde el amanecer, y picoteaban los herrerillos en el peral florido.

Lo veía primero en el techo del dormitorio, mezclado con el sueño; había un charco de luz de sol, en rápido ascenso, por entre los árboles. Aún soñoliento, examinaba el techo contemplando su resplandeciente imagen invertida; veía todos los movimientos de sus olas sonámbulas y las proyecciones sobre ellas de la vida. De cuando en cuando recorrían la imagen flechas seguidas del piar lejano de una polla de agua. Veía rizarse la luz alrededor de las raíces de los juncos, aparecían ante mí todos los detalles del lago. Luego, bruscamente, el cuadro se hacía añicos, se quebraba como un espejo fundido y enloquecía en pequeños glóbulos de oro, frenéticos y trémulos; y se oía un gran palmear de alas en el agua, en incesante crescendo, y cruzaban el techo las sombras de los cisnes alzando el vuelo en la mañana sofocante. Oía pasar sus gritos sobre la casa y contemplaba aquel caos de luz allá sobre mí, hasta que poco a poco se asentaba y recogía todas sus estrellas y volvía la imagen inmóvil del lago.

Sidra con Rosie, de Laurie Lee.

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52 palabras, Fotografía

39/52 palabras: silueta

20150621 (007)

Alrededor de mi casa había varios edificios (nuevos desarrollos urbanísticos), pero la vista desde mi ventana trasera estaba despejada. Desde allí podía ver un pequeño patio con un columpio y, más allá, un campo de maíz y, a continuación, otro de alfalfa. A lo lejos había un bosquecillo, la silueta de un granero, un silo y, amparándolo todo, un cielo enorme y cambiante. Me agradaba la vista, pero el interior de la casa me desazonaba, no porque fuera feo, sino por estar repleto de objetos teñidos por la vida de sus propietarios, una joven pareja de universitarios que se habían trasladado ese verano con sus dos hijos a Ginebra gracias a algún tipo de beca de investigación.

El verano sin hombres, de Siri Hustvedt

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52 palabras, Fotografía

38/52 palabras: por la tarde

20150614 (007)

El mercado está en su apogeo al atardecer. A última hora se acercan a los haces los gitanos, buscando precios más cómodos. Y cuando queda desierta la plazuela, noche ya, se oye caer el agua en la fuente y se aspira el fino y fresco olor de la amargosa; así deben de oler las hadas de los campos, las infantas de Irlanda y de Bretaña, las horas del alba en los prados húmedos de rocío. Si yo fuese perfumista en París, para alguna mujer hermosa -para muy pocas, pero sí para alguna-, tendría en un frasquito unas gotas de este perfume tan carnal y tal alegre. Recojo unas briznas de hierba y paseo con ellas de la mano, en silencio nocturno. No es como pasear, claro está, con Julieta, pero sí es pasear con el olor de Julieta.

El pasajero en Galicia, de Álvaro Cunqueiro.

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52 palabras, Fotografía

37/52 palabras: luz

20150607 (039)

Caminó rápidamente, forzando los ojos para detectar a cualquiera que pudiera acercarse por la calle; antes de llegar a la casa de los Fry, cruzó la calle para evitar la luz de la ventana. Siempre que era infeliz se sentía acorralada por un mundo despiadado, y una especie de secretismo animal se apoderaba de ella. Pero la calle estaba desierta, y pasó inadvertida por la verja y el sendero hasta la casa. La fachada blanca relumbrabam indistinta, a través de los árboles, con un solo cuadrado de luz en la planta baja. Había supuesto que la lámpara estaba en el salón de la señorita Harchard; pero ahora la veía brillar en una ventana del otro extremo de la vivienda. No conocía la habitación a la que pertenecía esa ventana, e hizo una pausa debajo de los árboles, detenida por una sensación de extrañeza. Luego continuó su avance, andando con suavidad sobre la hierba corta, y manteniéndose tan pegada a la casa que quienquiera que estuviese en la habitación, aunque alertado por su aproximación, no podría verla.

La ventana se abría sobre una estrecha veranda de un arco de reja. Se inclinó para acercarse al enrejado y, apartando las ramitas de clemátide que lo cubrían, miró hacia un rincón de la estancia. Vio el pie de una cama de caoba, un grabado en la pared, un palanganero sobre el que había sido arrojada una toalla, y un extremo de la mesa cubierta con un paño verde sobre la que estaba la lámpara. La mitad de la luz de la lámpara se proyectaba en su campo de visión y, justo debajo de esta, dos suaves manos bronceadas, una con un lápiz y otra con una regla, se movían de aquí para allá sobre un tablero de dibujo.

Estío, de Edith Wharton.

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