52 palabras, Fotografía

27/52 palabras: primavera

20150328 (028)

Ya estaba bien entrada la tercera semana del mes de marzo. Promesas de fecundidad tiritaban en los tiernos corderillos. La cosecha de nabos ya había concluído; la cosecha de remolacha aún no había comenzado. Esto significaba que Micah, Urk, Amos, Caraway, Harkaway, Mizpah, Luke, Mark y cuatro jornaleros más de la granja que no estaban emparentados con la familia (que se supiera) disponían ahora de una buena cantidad de tiempo libre para hacer lo que quisieran. Seth, por supuesto, siempre estaba muy atareado en primavera. Adam estaba ocupadísimo ayudando con la paridera de los corderos lechales. Reuben se afanaba preparando los campos para la siguiente cosecha; nunca descansaba, aunque estuvieran en la época de barbecho. Pero el resto de los Starkader sencillamente se dedicaban a armar jaleo y cometer villanías.

La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons.

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52 palabras, Fotografía

26/52 palabras: desenfocado

20150317 (032)

Saint-Laurent-sur-Mer debió de haber sido en tiempos un destino de vacaciones gris y barato para maestros de escuela franceses. Hoy, el 6 de junio de 1944, era la playa más fea del planeta. Agotados por el mar y por el miedo, nos tumbamos en una estrecha franja de arena húmeda, entre el agua y el alambre de espino. La pendiente que hacía la playa nos protegía en cierta medida de las balas de las ametralladoras y los fusiles, siempre que nos quedáramos tumbados, pero la marea nos empujaba hacia el alambre, donde nos podrían acribillar a sus anchas. Me arrastré hasta donde se encontraba mi amigo Larry, el capellán irlandés del regimiento, quien blasfemaba mejor que cualquier aficionado. “¡Maldito medio gabacho!”, gruñó. “Si no querías estar aquí, ¿por qué carajo volviste?”. Reconfortado así por el clero, saqué mi segunda Contax y empecé a disparar sin asomar la cabeza.

Desde el aire, Easy Red debía parecer un lata de sardinas abierta. Las fotos hechas desde el ángulo de esa sardina no mostraron más que botas mojadas y caras verdes. Por encima de éstas, un trasfondo de humo de metralla, tanques quemados y barcazas hundidas. A Larry le quedaba un cigarro seco. Yo busqué la petaca en el bolsillo y se la ofrecí. Él inclinó la cabeza hacia un lado y tomó un trago por la comisura del labio. Antes de devolvérmela, se la pasó a otro tipo, el enfermero judío, quien imitó la técnica de Larry con todo éxito. Yo también me las apañé con la comisura.

El siguiente obús cayó entre el alambre y el mar, y todas las piezas de metralla encontraron un cuerpo en que incrustarse. El cura irlandés y el médico judío fueron los primeros en levantarse en Easy Red. Hice la foto. Cayó otro obús, aún más cerca. Yo no me atrevía a quitar el ojo del visor de mi Contax y disparaba frenéticamente una y otra vez. Treinta segundos después la cámara se atascó: se había terminado la película. Rebusqué en el macuto en busca de otro rollo. Lo encontré, pero mis manos mojadas y temblorosas lo echaron a perder antes de que pudiera colocarlo en la cámara.

Me detuve por un momento y fue entonces cuando empecé a pasarlo mal.

La cámara vacía me temblaba en las manos. Era un nuevo tipo de miedo el que me sacudía el cuerpo de pies a cabeza y me crispaba la cara. Desenganché la pala e intenté cavar un hoyo, pero la pala dio en piedra, así que me deshice de ella tirándola con rabia. Los hombres que me rodeaban estaban inmóviles. Sólo los muertos de la orilla daban vueltas empujados por las olas. Un pequeño barco encaró el fuego enemigo y de él surgieron un puñado de enfermeros con cruces rojas pintadas en los cascos. No fui yo quien pensó ni quien decidió. Simplemente, me incorporé y corrí en dirección a la barcaza. Me metí en el mar entre dos cadáveres; el agua me llegaba al cuello. La revuelta marea me golpeaba el cuerpo y las olas me abofeteaban la cara por debajo del casco. Sostuve las cámaras por encima de mí y de repente caí en la cuenta de que estaba huyendo. Intenté volverme, pero no podía volver a enfrentarme a esa playa. “Voy a subir al barco para secarme las manos”, me dije a mí mismo.

Alcancé el barco, de él salían los últimos médicos. Subí a bordo y según alcanzaba la cubierta sentí una sacudida y de repente me vi completamente cubierto de plumas de ave. “¿Qué es esto? –pensé–, ¿quién está matando pollos?”. Entonces vi que habían volado la superestructura; las plumas provenían de los rellenos de los chalecos salvavidas de la tripulación. El capitán lloraba. Su asistente había volado literalmente en pedazos encima de él.

El barco empezó a escorar, así que el capitán decidió comenzar a separarse lentamente de la playa para intentar llegar al buque nodriza antes de que nos hundiéramos. Yo bajé a la sala de máquinas, me sequé las manos y les puse nuevos rollos a las cámaras. Subí de nuevo a la cubierta a tiempo de tomar la última foto de la playa cubierta de humo. Luego fotografié a la tripulación mientras se hacían transfusiones de sangre en la cubierta. Una barcaza pasó junto a nosotros y nos evacuó del barco que ya comenzaba a sumergirse. Pasar a los heridos graves del barco a la barcaza con mar crespo fue una tarea difícil. Ya no tomé más fotos, estaba demasiado ocupado transportando camillas. La barcaza nos llevó por fin al U. S .S. Chase, el mismo buque del que había salido seis horas antes, y desde el que estaba desembarcando la última de las oleadas de las 16ª de Infantería. La cubierta, no obstante, estaba ya repleta de muertos y heridos que habían sido rescatados.

Esa era mi última oportunidad para volver a la playa. No lo hice. Los chicos de la cocina que a las tres de la mañana de la noche anterior nos habían servido el café en chaqueta blanca, las manos enfundadas en guantes también blancos, estaban cubiertos de sangre y se esforzaban en coser las bolsas de los cadáveres. Los marineros izaban camillas desde barcazas a punto de hundirse. Empecé a hacer fotos. Entonces, todo empezó a volverse confuso…

Me desperté en una litera. Estaba desnudo y me habían tapado con una gruesa manta. Tenía sujeto al cuello un trozo de papel en el que ponía “Caso de agotamiento. Sin placas de identificación.” La bolsa de mi cámara estaba en la mesa, y yo recordaba quien era.

Por la mañana, el barco atracó en el puerto de Weymouth. Una jauría de periodistas hambrientos que no habían obtenido permiso para acompañar a las tropas durante la invasión nos esperaba a la entrada del muelle para conseguir las primeras historias directamente de los hombres que habían alcanzado la cabeza de la playa y habían vivido para regresar. Supe que el otro fotógrafo asignado a Omaha Beach había vuelto hacía más de dos horas y que no pisó la playa: ni siquiera llegó a dejar el buque. Y ya iba de camino a Londres con su impresionante triunfo.

Fui tratado como un héroe. Me ofrecieron volver a Londres en avión y contar mi experiencia en la radio, pero aún tenía un recuerdo demasiado vívido de la noche, así que decliné la oferta. Guardé los rollos, me cambié y volví a la playa en el primer barco disponible.

Siete días más tarde, me enteré de que las fotografías que había tomado en Easy Red se consideraban las mejores del desembarco. Sin embargo, un emocionado asistente de laboratorio había aplicado demasiado calor al secar los negativos; las emulsiones se fundieron y se destintaron ante los ojos de toda la oficina de Londres. De ciento seis fotos que había tomado en total, sólo se pudieron salvar ocho. Los pies de foto de las fotografías, desenfocadas por el calor, decían que las manos de Capa habían temblado violentamante.

Ligeramente desenfocado, de Robert Capa

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52 palabras, Fotografía

25/52 palabras: libros

20150313 (006)

– Jesús, María…

Lo dijo en voz alta, las palabras se derramaron por la habitación llena de libros y frío. ¡Libros por todas partes! No había pared que no estuviera forrada de abarrotadas e impecables estanterías. Apenas se veía la pintura. Las letras impresas en los lomos de los libros negros, rojos, grises, de cualquier color, eran de todos los tamaños y estilos imaginables. Era una de las cosas más bellas que Liesel Meminger había visto nunca.

Sonrió, maravillada.

¡Cómo podría existir una habitación así!

De hecho, cuando intentó borrar la sonrisa de su cara con la manga, enseguida se dio cuenta de que era inútil. Notó los ojos de la mujer sobre su cuerpo. Cuando se volvió hacia ella, se habían detenido sobre su rostro.

Reinaba un silencio más profundo del que creía posible, un silencio que se extendía como una goma elástica que ansiaba romperse. La niña la rompió.

-¿Puedo?

La ladrona de libros, de Markus Zusak

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52 palabras, Fotografía

24/52 palabras: lejos

20150304 (027)

Hai moitos meses que meu irmán Miguel marchou para América. Inda me lembro de cando se despediu de nós. Miña nai, a tía Carme e a madriña choraban. Meu pai estaba serio coma un pote. Nin bágoas nin risadas; os homes son homes. O padriño non quixo ir. A Celia, que está servindo en Loxo, mandámoslle recado pero non a deixaron vir os señores.

Eu estaba en medio de todos. Ninguén facía caso de mín. Bulían a darlle consellos ó viaxeiro mentras non chegaba o coche de liña. Miguel decía a todo que sí, con cara de “tanto me ten”. Collinlle unha man, e púxenme a contarle os dedos para un lado e para outro, dende o gordo ó meimiño. Non dei chío pero gustábame que Miguel marchase. Despois contaríame moitas cousas. E eu dirías na escola. Como non me atendía, turrei por el para unha beira. Anagouse e díxenlle ó pé da orella: “Eu quero que te vaias. Mándame unha carta dende América e cóntame historias dalá”. Sorríu, púxome unha man na cabeza e esgarabelloume no peo. Sentín como un pruído de sarabullo no corpo todo.

Escoitamos a buguina do “Modelo”. Viña a todo meter, cun eito de caixóns e cestos derriba. Miña nai e máis a madriña dábanlle bicos e apertas a Miguel, e seguía choromicando. Meu pai ergueu a maleta ata donde estaba o revisosr. Unha maleta noviña, feita polo carpintiero de Quintela. Despois apetou contra sí un instante a meu irmá. Antes de meterse no coche, Miguel colleume polo pescozo, deume un bico na cara, e cun “abur, Balbino” fuxiu coma un lóstrego. Eu quedei feito un papón. Non souben dicir nin facer nada. Arrincou ó xeitiño o “Modelo”. Miguel axexaba para nós mentres abaneaba un pano de man.

-Non deixes de ir a misa -berroulle a madriña.

-Deus te acompañe; ¡non te botes a perder! -dixo miña nai, mentres enxugaba as bágoas.

E a tía Carme guindoulle o seu derradeiro consello, que non entendín ben.

-¡Ten tino coas mulleres!

-Deixádevos de berros -terciu meu pai, mentres me collía por unha man-. ¿Pensades que vos escoita? ¿Non vedes a onde chega xa o coche?

O “Modelo” corría. Semellaba unha nube voando a rente do chan, por entre os piñeiros, por entre as viñas. Miguel ía dentro.

Memorias dun neno labrego, de Xosé Neira VIñas

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52 palabras, Fotografía

23/52 palabras: frío

20150228 (025)

La noche lluviosa trajo una mañana de bruma -mitad helada y mitad llovizna- y arrollos temporales, gorgoteando desde las alturas, cruzaban nuestro camino. Mis pies estaban mojados del todo; estaba enfadada y deprimida; el humor más a propósito para que resulten esas cosas bien desagradables.

Entramos en la casa por la cocina, para asegurarme de que Heathcliff estuviera ausente, pues tenía poca fe en su afirmación.

José parecía sentado en una especia de elíseo, solo, junto al crepitante fuego, un gran vaso de cerveza junto a él cubierto con enormes pedazos de torta de avena tostada, y su pipa, negra y corta, en la boca.

Catalina corrió al hogar a calentarse. Pregunté si el amo estaba en casa. Mi pregunta quedó mucho rato sin contestar, por lo que creí que el viejo se había vuelto sordo y la repetí más alto.

-¡No! -gruñó, o más bien roncó por la nariz-. ¡No! Ya puedes volverte por donde has venido.

-¡José! -llamó una voz quejumbrosa, al mismo tiempo que yo hablaba, desde la habitación interior-. ¿Cuántas veces tengo que llamarte? Ahora ya no hay más que unas pocas brasas, ven enseguida.

Vigorosas chupadas y una resuelta mirada al fuego declaraban que no tenía oídos para esa llamada. Al ama de llaves y a Hareton no se les veía; ella probablemente se había ido a un recado y el otro a un trabajo.. Conocimos la voz de Linton y entramos.

– ¡Así te mueras de frío en una buhardilla! -dijo el chico, confundiendo nuestros pasos con los de su negligente criado.

Se detuvo al notar su error, su prima corrió hacia él.

-¿Es usted, señorita Linton? -dijo, levantando la cabeza del brazo del gran sillón en el que estaba apoyado-. No, no me bese, me ahoga, ¡pobre de mí!  Papá dijo que usted vendría -continuó después de recuperarse un poco del abrazo de Catalina, mientras ella permanecía de pie con aire compungido- ¿Quiere cerrar la puerta, por favor? La ha dejado abierta. Esas detestable criaturas no quieren traer carbón para el fuego. ¡Hace tanto frío!

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

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