52 palabras, Fotografía

52/52 palabras: movimiento

20150923 (043)

Contemplábamos la luna llena que, muy alta, parecía oscilar en el cielo. Se había levantado un viento nocturno que empujaba rápidamente, en los cielos, una cohorte de nubes que parecían enormes pájaros blancos. Tras los vapores que pasaban, la luna se escondía y reaparecía, magníficamente clara y pura; se tenía la ilusión de que la luna corría por encima de los árboles. Estaba extasiada por aquella belleza y la paz que emanaba. El aire olía a lluvia, me sentía dichosa de vivir.

Viento del Este, viento del Oeste, de Pearl S. Buck

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52 palabras, Fotografía

51/52 palabras: dentro

20150924 (014)

Llegó el ama de llaves; era una señora entrada en años, de aspecto respetable, mucho menos ceremoniosa y mucho más cortés de lo que se habría podido suponer. Fueron tras ella al salón comedor. Era amplio, de bellas proporciones y ricamente decorado. Después de echarle un vistazo Elizabeth se dirigió a uno de los balcones para gozar del panorama. La colina desde donde habían descendido aparecía coronada de árboles y daba, por efecto de la distancia, la impresión de ser más abrupta de lo que era, ofreciendo un hermoso golpe de vista. El terreno estaba bellamente dispuesto; contempló con deleite todo el panorama; el río, los árboles esparcidos aquí y allá por sus riberas y el contorno del valle hasta donde la vista podía abarcar. Al pasar a otras habitaciones iba cambiando el ángulo de visión de todo el panorama; todas eran amplias y hermosas y el mobiliario estaba en consonancia con la fortuna del propietario. Elizabeth sintió admiración por su buen gusto, porque nada allí era ostentoso ni de una delicadeza inútil. Había menos lujo, pero mucha más elegancia que en el mobiliario del palacio de Rosings.

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

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52 palabras, Fotografía

50/52 palabras: azul

 

20150923 (020)

14 de Enero

Compramos ropa en Hermosillo y un traje de baño para cada uno. Después fuimos a recpger a Belano a la biblioteca (en donde pasó toda la mañana, convencido de que un poeta siempre deja huellas escritas, por más que las evidencias hasta ahora digan lo contrario) y nos marchamos a la playa. Alquilamos dos habitaciones en una pensión de Bahía Kino. El mar es azul oscuro. Lupe nunca lo había visto.

Los detectives salvejes, de Roberto Bolaño

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52 palabras, Fotografía

49/52 palabras: vida cotidiana

20150923 (004)

Dorotea está sentada ante el tocador. Se pasa el cepillo por el pelo, lentamente, mientras observa por el espejo cómo Tintín se quita el jersey con desgana, cómo lo tira al sofá con desgana, cómo con desgana se pasa la mano por la barba, a contrapelo, y cómo se va hacia la ducha. Dorotea se levanta, se quita la bata, la deja sobe el taburete, se mete en la cama y escucha correr el agua. Considera la posibilidad de coger el libro que estuvo leyendo ayer y leer un rato ahora, pero en realidad no tiene ganas. Es mejor dejarlo donde estaba, encima de la mesilla, y esperar a que su marido salga de la ducha. Tintín y ella podría hablar un rato. Cuando Tintín vuelve, todavía secándose, Dorotea lo ve tan cansado que piensa que no le apetecerá nada charlar un rato. Le pregunta si está cansado. Tintín le dice que sí, se mete en la cama, dice buenas noches, apaga la luz y, siete segundos después (mientras Dorotea lo contempla, dudando entre apagar también la luz o, volviendo a la idea anterior, leer un rato), deja escapar el primer ronquido.

Ochenta y seis cuentos, de Quim Monzó.

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52 palabras, Fotografía

48/52 palabras: dar

20150915 (020)

Tu beso se hizo calor,
luego el calor, movimiento,
luego gota de sudor
que se hizo vapor, luego viento
que en un rincón de La Rioja
movió el aspa de un molino
mientras se pisaba el vino
que bebió tu boca roja.

Tu boca roja en la mía,
la copa que gira en mi mano,
y mientras el vino caía
supe que de algún lejano
rincón de otra galaxia,
el amor que me darías,
transformado, volvería
un día a darte las gracias.

Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simples,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.

El vino que pagué yo,
con aquel euro italiano
que había estado en un vagón
antes de estar en mi mano,
y antes de eso en Torino,
y antes de Torino, en Prato,
donde hicieron mi zapato
sobre el que caería el vino.

Zapato que en unas horas
buscaré bajo tu cama
con las luces de la aurora,
junto a tus sandalias planas
que compraste aquella vez
en Salvador de Bahía,
donde a otro diste el amor
que hoy yo te devolvería

Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simples,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.

Todo se transforma, de Jorge Drexler

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