52 palabras, Fotografía

14/52 palabras: invierno

20141223 (003)

Canción de invierno y de verano

Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
-brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz-
es de noche en Valparaíso
-rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba -detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día.

La palabra en el aire, de Pedro Guerra y Ángel González, recitado por Ángel González

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52 palabras, Fotografía

13/52 palabras: camino

20141221 (013)

El sueño es un gran sedante. Los capitanes pidieron dos días de descanso. Se detuvieron. La gente estaba agotada, hambrienta, desmoralizada. Dormir era su único placer. Una satisfacción que estaba más allá del ensueño, cerca ya de la muerte. Cortés estudiaba los caminos que conducían a Tlascala.

Se despertaron sacudiéndose los unos a los otros y se pusieron en camino. Por la mañana debían estar en Teotihuacan y desde ese punto sólo quedaba media jornada para alcanzar Tlascala. Caminaban de nuevo: solamente se oía el ruido de los pasos sobre la hierba seca y crujiente o sobre el fango; por lo demás, el silencio era mortal. Alboreaba. En la niebla plomiza, detrás de la maleza, se dibujó vagamente la inmensa mole de un templo colosal. Era una construcción en forma de pirámide, formada por varios pisos, que se elevaban a inmensa altura. Estaba dedicado al Sol. En sus costados estaban talladas las escaleras de las cuatro estaciones. En la parte superior estaba la maravillosa divinidad Anahuaca. Aquí venían en peregrinación las gentes, lo mismo que en Cholula sucedía con la Serpiente Alada. Hacia el sur se elevaba otra pirámide, más sencilla y mucho menor, dedicada a la Luna. Doña Luisa dijo:

– Esto fue dedicado a los antepasados de nuestros padres, es decir, hace mucho tiempo, cuando aún no se conocían las piedras talladas que indican el curso de los astros. Lo construyeron hombres dos o tres veces más altos que los de ahora, que jugaban por distracción a la pelota con enormes masas de rocas, que podían romper con la mano los peñascos y que, si querían, podían hacer estallar el trueno.

– ¿Se puede subir hasta la cima?

– El camino que conduce arriba es el sendero de la muerte.

El dios de la lluvia llora sobre México, de Lazslo Passuth

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12/52 palabras: palabra

20141212 (013)

El mundo de la palabra escrita se reveló a los nativos de África cuando yo vivía allí. Tenía, si quería, una oportunidad de atrapar el pasado por la cola y vivir un pequeño fragmento de nuestra propia historia: el período cuando se reveló la escritura al pueblo llano de Europa. En Dinamarca había ocurrido unos cien años antes y, por lo que me contaron personas muy viejas cuando era niña, me parece que la reacción en ambos casos había sido casi exactamente la misma. 

Raras veces los seres humanos pueden haber mostrado una devoción tan humilde y extática a los principios del arte por el arte.

Las cartas de los jóvenes nativos seguían siendo generalmente escritas por amanuenses profesionales, porque aunque algunos de los viejos se dejaban llevar por el espíritu de los tiempos y unos cuantos ancianos kikuyus asistían a mi escuela y trabajaban pacientemente su abecedario, la mayor parte de los de la vieja generación se mostraban en desacuerdo con el fenómeno. Sólo unos pocos de los nativos podían leer, y mis sirvientes, los aparceros y los jornaleros de la granja traían cartas para que yo se las leyera. Cuando las abría y estudiaba una carta tras otra, me maravillaba de su insignificancia. Cometía el mismo error que todas las personas civilizadas y con prejuicios. Era como tratar de herborizar la ramita de olivo que llevó la paloma al arca de Noé. Fuera cual fuera su aspecto, era más importante que el arca entera con todos los animales en ella: contenía un mundo nuevo y verde.

Las cartas de los nativos se parecía mucho unas a otras, seguían muy de cerca las fórmulas sancionadas y sacralizadas, y eran más o menos como sigue: “Mi querido amigo Kamau Morefu. Tomo la pluma en mi mano”, en un setido no literal, porque era el escriba profesional quien lo hacía, “para escribirte una carta, porque hace mucho tiempo que quería escribirte. Yo estoy muy bien y espero que tú también estés, gracias a Dios, muy bien. Mi madre está muy bien. Mi esposa no está muy bien, pero espero que tu esposa esté muy bien, gracias a Dios, bien”, aquí venía una larga lista de nombres, con una pequeña noticia de cada uno de ellos, la mayor parte de las veces insignificante, aunque otras completamente fantásticas. Luego acababa la carta. “Ahora, amigo Kamaru, termino esta carta porque tengo muy poco tiempo para escribirte. Tu amigo Ndwetti Lori”.

Para llevar similares mensajes entre jóvenes estudiosos europeos hace cien años, los postillones se subían a sus monturas, galopaban los caballos, sonaban las trompas del correo y se imprimía papel con bordes dorados y ligulados. Las cartas eran recibidas con ilusión, acariciadas y conservadas; yo he visto algunas de ellas.

Memorias de África, de Isak Dinesen.

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11/52 palabras: crecer

20141208 (022)

Daniel, el Mochuelo, pasó la noche en vela, junto al muerto. Sentía que algo grande se velaba dentro de él y que en adelante nada sería como había sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que se sentía solo, espantosamente solo, era él, y solo él. Algo se marchitó de repente dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños. Él nunca se paró a pensarlo y al hacerlo ahora, una sensación punzante y angustiosa casi le asfixiaba. Vivir de esta manera era algo brillante, y a la vez, terriblemente tétrico y desolado. Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poco, inexorablemente.

El camino, de Miguel Delibes.

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