52 palabras, Fotografía

10/52 palabras: a ras de suelo

20141129 (007)

A Camille le maravilló el contenido de la maleta de mimbre. No faltaba un detalle, los platos eran de porcelana; los cubiertos, de esmalte, y los vasos, de cristal fino. Había incluso un salero, un pimentero, unas aceiteras, tacitas de café, de té, una salsera, una mantequillera, una cajita para los mondadientes, un azucarero, cubiertos de pescado, y una chocolatera. Todo ello con el escudo de la familia de su invitado..

– Nunca había visto nada tan bonito…

– Ahora entiende por qué no podía venir ayer… Si supiera la de horas que he pasado limpiándola y sacándole brillo a todo…

– ¡Pero habérmelo dicho!

– ¿De verdad cree que si le hubiera puesto como excusa: “Esta noche no, que tengo que dejar como nueva mi maleta”, no me habría tomado usted por loco?

Camille se guardó muy mucho de hacer ningún comentario.

Extendieron el mantel en el suelo y Philibert Fulano de TaL puso la mesa.

Se sentaron en el suelo con las piernas cruzadas, encantados y alegres, como dos niños estrenando un juego de cocinitas, con modales exquisitos y mucho cuidadito de no romper nada. Camille, que no sabía cocinar, había ido a una tienda de comida preparada y había comprado un surtido de taramas, salmón ahumado, pescados marinados y mermelada de cebolla. Llenaron concienzudamente todas las fuentes del tío abuelo e idearon una especie de tostador muy ingenioso, fabricado con una vieja tapa y papel de estaño, para calentar los blinis sobre la parrilla eléctrica. Apoyaron la botella de vodka sobre el canalón, y así bastaba abrir el tragaluz para servirse. Esas idas y venidas enfriaban la habitación, desde luego, pero en la chimenea chisporroteaba un fuego maravilloso.

Juntos nada más, de Anna Gavalda.

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52 palabras, Fotografía

9/52 palabras: yo

20141121 (023)

Eu tenho andado tão sozinho ultimamente,
que nem vejo á minha frente
nada que me dê prazer.
Sinto cada vez mais longe a felicidade,
vendo em minha mocidade
tanto sonho perecer.
Eu queria ter na vida simplesmente
um lugar de mato verde
pra plantar e pra colher,
ter uma casinha branca de varanda,
um quintal e uma janela
para ver o sol nascer.
Ás vezes saio a caminhar pela cidade
á procura de amizades
vou seguindo a multidão.
Mas eu me retraio olhando em cada rosto,
cada um tem seu mistério,
seu sofrer, sua ilusão.
Eu queria ter na vida simplesmente
um lugar de mato verde
pra plantar e pra colher,
ter uma casinha branca de varanda,
um quintal e uma janela
para ver o sol nascer.

Casinha branca, de Gilson Campos, cantada por María Bethânia

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52 palabras, Fotografía

8/52 palabras: reflejo

20141116 (050)

Mi madre preparó una maleta igual de grande para Jonás. Le hacía parecer aún más pequeño y delgado en comparación, y necesitaba las dos manos para cargar con ella. Para levantarla del suelo tuvo que arquear la espalda hacia atrás. No se quejó del peso, no nos pidió ayuda a ninguna de las dos.

Por toda la casa retumbaba, de vez en cuando, el sonido de porcelana y cristal haciéndose añicos. Encontramos a nuestra madre en el salón, estrellando contra el suelo sus mejores vajillas y cristalerías. Tenía la cara brillante de sudor, y le caían mechones de cabellos dorado sobre los ojos.

-¡Mamá, no! -exclamó Jonás, corriendo hacia el montón de añicos que cubría el suelo. Lo retuve a tiempo antes de que tocara los cristales trotos.

-Mamá, por qué estás rompiendo todas esas cosas tan bonitas? -le pregunté.

Se detuvo y se quedó mirando la tacita de porcelana que tenía en la mano.

-Por que les tengo mucho cariño. -Arrojó la taza al suelo y no esperó siquiera a verla romperse antes de arrojar la siguiente.

Jonás se puso a llorar.

-No llores, mi vida. Compraremos otras mucho más bonitas.

La puerta se abrió de golpe y entraron tres agentes del NKVD con fusiles rematados por bayonetas.

-¿Qué ha pasado aquí? -quiso saber un agente alto, mirando el desastre a su alrededor.

-Ha sido un accidente.

-Han destruido propiedad soviética -bramó el agente.

Jonás se acercó la maleta un poco más, temeroso de que pudiera convertirse esta también en propiedad soviética de un momento a otro.

Mi madre se miró en el espejo del vestíbulo para arreglarse el pelo y se puso el sombrero. El agente del NKVD la golpeó en el hombro con la culata de su fusil, empujándola de bruces contra el espejo.

-Cerdos burgueses, siempre perdiendo el tiempo. No vas a necesitar ese sombrero -se burló.

Mi madre se incorporó y se puso muy tiesa, y luego se alisó los pliegues de la falda y se ajustó el sombrero sobre la cabeza.

-Discúlpeme -le dijo con voz rotunda, antes de ponerse en el pelo su pasador de perlas y de colocarse los rizos debajo del sombrero.

¿Discúlpeme? ¿De verdad fue eso lo que le dijo? Esos hombres irrumpieron de noche en nuestra casa, la empujaron contra el espejo ¿y ella les pidió que la disculparan? Luego cogió su largo abrigo gris, y de pronto comprendí. Se estaba comportando con los agentes soviéticos con mucho tiento porque no sabía lo que podía ocurrir a continuación. Entonces la volví a ver en mi cabeza, ocultando joyas, documentos, plata y otros objetos de valor dentro del forro del abrigo.

-Tengo que ir al cuarto de baño -anuncié, en un intento por desviar la atención de mi madre y de su abrigo.

-Tienes treinta segundos.

Cerré la puerta del cuarto de baño y sorprendí el reflejo de mi rostro en el espejo. Entonces no tenía ni idea de lo deprisa que iba a cambiar, de lo poco que tardarían mis rasgos en desdibujarse. De haberlo sabido, me habría quedado mirando fijamente mi reflejo, para aprendérmelo de memoria. Era la última vez que me miraría en un espejo de verdad durante más de una década.

Entre tonos de gris, de Ruta Sepetys.

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Fotografía, Viajes

Domingo, 6:00 a.m.

Domingo, 6 a. m. Esa es la hora a la que pusimos nuestros despertadores para ver amanecer en San Juan de Gaztelugatxe. Y desde luego que mereció la pena. Una llegada accidentada gracias al gps y a una carretera cortada. El silencio absoluto y al mismo tiempo el sonido constante de la marea alta contra las rocas. Lo agreste y salvaje del paisaje. El saludo de  complicidad a pescadores y a los primeros senderistas. El tañer casi visceral de nuestras tres campanadas. La recompensa al esfuerzo de caminar y subir 241 escalones. El placer de compartir la fotografía sin necesidad de hablar.

Y, sobre todo, el gozo de la luz… la luz tímida del amanecer, la luz cambiante, la luz de frente que te impide ver a través del objetivo, la luz descarada del día…

(Podéis ver la versión de Itziar en su magnífico blog, Flumina lucem)

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52 palabras, Fotografía

7/52 palabras: nuevo

20141104 (027)

Hoy he ido a un gran comercio de Oxford Street a recorrer las hileras de vestidos de confección, a comprarle abrigos, sombreros, zapatos y ropa interior. No me imaginaba cómo sería hacer esto para ella, prepararle un sitio en el mundo normal. A la hora de elegirlos para mí, nunca vi lo que veían Pricilla y mamá en los tintes, cortes y telas, pero me siento liviana comprando ropa para Selina. No sabía su talla, por supuesto, pero descubro que sí la sé. Conozco su estatura por el recuerdo de su mejilla contra mi mandíbula; y nuestros abrazos me dieron una idea de su delgadez. Elijo primero un vestido de viaje de color vino. Pienso que, bueno, con esto bastará por ahora, y que compraremos otras cosas cuando lleguemos a Francia. Pero mientras sostengo este vestido, veo otro: uno de cahemira gris perla, con una enagua de un tipo de seda gruesa y verdosa. Pienso que el verde casará con sus ojos. La cachemira es lo bastante cálida para el invierno italiano.

Compro los dos vestidos y después un tercero, blanco, con un ribete de terciopelo y una cintura muy estrecha. Es un vestido que realzará toda esa feminidad que han sojuzgado en Millbank.

Además, como no podrá llevar los vestidos sin enagua, le compro enaguas y también ballenas y también camisas y medias negras. Y como no se pueden usar medias sin zapatos, le compro zapatos: unos negros y otros de gamuza, y zapatillas de terciopelo blanco, a juego con su vestido juvenil. Le compro sombreros, sombreros grandes con velo, que cubran su pobre pelo hasta que vuelva a crecer. Le compro un abrigo y un manto para el vestido de cachemira, y un dolmán con un fleco de seda amarilla, que oscilará cuando camine a mi lado bajo el sol de Italia, radiante de luz.

Afinidad, de Sarah Waters

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