52 palabras, Fotografía

26/52 palabras: desenfocado

20150317 (032)

Saint-Laurent-sur-Mer debió de haber sido en tiempos un destino de vacaciones gris y barato para maestros de escuela franceses. Hoy, el 6 de junio de 1944, era la playa más fea del planeta. Agotados por el mar y por el miedo, nos tumbamos en una estrecha franja de arena húmeda, entre el agua y el alambre de espino. La pendiente que hacía la playa nos protegía en cierta medida de las balas de las ametralladoras y los fusiles, siempre que nos quedáramos tumbados, pero la marea nos empujaba hacia el alambre, donde nos podrían acribillar a sus anchas. Me arrastré hasta donde se encontraba mi amigo Larry, el capellán irlandés del regimiento, quien blasfemaba mejor que cualquier aficionado. “¡Maldito medio gabacho!”, gruñó. “Si no querías estar aquí, ¿por qué carajo volviste?”. Reconfortado así por el clero, saqué mi segunda Contax y empecé a disparar sin asomar la cabeza.

Desde el aire, Easy Red debía parecer un lata de sardinas abierta. Las fotos hechas desde el ángulo de esa sardina no mostraron más que botas mojadas y caras verdes. Por encima de éstas, un trasfondo de humo de metralla, tanques quemados y barcazas hundidas. A Larry le quedaba un cigarro seco. Yo busqué la petaca en el bolsillo y se la ofrecí. Él inclinó la cabeza hacia un lado y tomó un trago por la comisura del labio. Antes de devolvérmela, se la pasó a otro tipo, el enfermero judío, quien imitó la técnica de Larry con todo éxito. Yo también me las apañé con la comisura.

El siguiente obús cayó entre el alambre y el mar, y todas las piezas de metralla encontraron un cuerpo en que incrustarse. El cura irlandés y el médico judío fueron los primeros en levantarse en Easy Red. Hice la foto. Cayó otro obús, aún más cerca. Yo no me atrevía a quitar el ojo del visor de mi Contax y disparaba frenéticamente una y otra vez. Treinta segundos después la cámara se atascó: se había terminado la película. Rebusqué en el macuto en busca de otro rollo. Lo encontré, pero mis manos mojadas y temblorosas lo echaron a perder antes de que pudiera colocarlo en la cámara.

Me detuve por un momento y fue entonces cuando empecé a pasarlo mal.

La cámara vacía me temblaba en las manos. Era un nuevo tipo de miedo el que me sacudía el cuerpo de pies a cabeza y me crispaba la cara. Desenganché la pala e intenté cavar un hoyo, pero la pala dio en piedra, así que me deshice de ella tirándola con rabia. Los hombres que me rodeaban estaban inmóviles. Sólo los muertos de la orilla daban vueltas empujados por las olas. Un pequeño barco encaró el fuego enemigo y de él surgieron un puñado de enfermeros con cruces rojas pintadas en los cascos. No fui yo quien pensó ni quien decidió. Simplemente, me incorporé y corrí en dirección a la barcaza. Me metí en el mar entre dos cadáveres; el agua me llegaba al cuello. La revuelta marea me golpeaba el cuerpo y las olas me abofeteaban la cara por debajo del casco. Sostuve las cámaras por encima de mí y de repente caí en la cuenta de que estaba huyendo. Intenté volverme, pero no podía volver a enfrentarme a esa playa. “Voy a subir al barco para secarme las manos”, me dije a mí mismo.

Alcancé el barco, de él salían los últimos médicos. Subí a bordo y según alcanzaba la cubierta sentí una sacudida y de repente me vi completamente cubierto de plumas de ave. “¿Qué es esto? –pensé–, ¿quién está matando pollos?”. Entonces vi que habían volado la superestructura; las plumas provenían de los rellenos de los chalecos salvavidas de la tripulación. El capitán lloraba. Su asistente había volado literalmente en pedazos encima de él.

El barco empezó a escorar, así que el capitán decidió comenzar a separarse lentamente de la playa para intentar llegar al buque nodriza antes de que nos hundiéramos. Yo bajé a la sala de máquinas, me sequé las manos y les puse nuevos rollos a las cámaras. Subí de nuevo a la cubierta a tiempo de tomar la última foto de la playa cubierta de humo. Luego fotografié a la tripulación mientras se hacían transfusiones de sangre en la cubierta. Una barcaza pasó junto a nosotros y nos evacuó del barco que ya comenzaba a sumergirse. Pasar a los heridos graves del barco a la barcaza con mar crespo fue una tarea difícil. Ya no tomé más fotos, estaba demasiado ocupado transportando camillas. La barcaza nos llevó por fin al U. S .S. Chase, el mismo buque del que había salido seis horas antes, y desde el que estaba desembarcando la última de las oleadas de las 16ª de Infantería. La cubierta, no obstante, estaba ya repleta de muertos y heridos que habían sido rescatados.

Esa era mi última oportunidad para volver a la playa. No lo hice. Los chicos de la cocina que a las tres de la mañana de la noche anterior nos habían servido el café en chaqueta blanca, las manos enfundadas en guantes también blancos, estaban cubiertos de sangre y se esforzaban en coser las bolsas de los cadáveres. Los marineros izaban camillas desde barcazas a punto de hundirse. Empecé a hacer fotos. Entonces, todo empezó a volverse confuso…

Me desperté en una litera. Estaba desnudo y me habían tapado con una gruesa manta. Tenía sujeto al cuello un trozo de papel en el que ponía “Caso de agotamiento. Sin placas de identificación.” La bolsa de mi cámara estaba en la mesa, y yo recordaba quien era.

Por la mañana, el barco atracó en el puerto de Weymouth. Una jauría de periodistas hambrientos que no habían obtenido permiso para acompañar a las tropas durante la invasión nos esperaba a la entrada del muelle para conseguir las primeras historias directamente de los hombres que habían alcanzado la cabeza de la playa y habían vivido para regresar. Supe que el otro fotógrafo asignado a Omaha Beach había vuelto hacía más de dos horas y que no pisó la playa: ni siquiera llegó a dejar el buque. Y ya iba de camino a Londres con su impresionante triunfo.

Fui tratado como un héroe. Me ofrecieron volver a Londres en avión y contar mi experiencia en la radio, pero aún tenía un recuerdo demasiado vívido de la noche, así que decliné la oferta. Guardé los rollos, me cambié y volví a la playa en el primer barco disponible.

Siete días más tarde, me enteré de que las fotografías que había tomado en Easy Red se consideraban las mejores del desembarco. Sin embargo, un emocionado asistente de laboratorio había aplicado demasiado calor al secar los negativos; las emulsiones se fundieron y se destintaron ante los ojos de toda la oficina de Londres. De ciento seis fotos que había tomado en total, sólo se pudieron salvar ocho. Los pies de foto de las fotografías, desenfocadas por el calor, decían que las manos de Capa habían temblado violentamante.

Ligeramente desenfocado, de Robert Capa

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