52 palabras, Fotografía

8/52 palabras: reflejo

20141116 (050)

Mi madre preparó una maleta igual de grande para Jonás. Le hacía parecer aún más pequeño y delgado en comparación, y necesitaba las dos manos para cargar con ella. Para levantarla del suelo tuvo que arquear la espalda hacia atrás. No se quejó del peso, no nos pidió ayuda a ninguna de las dos.

Por toda la casa retumbaba, de vez en cuando, el sonido de porcelana y cristal haciéndose añicos. Encontramos a nuestra madre en el salón, estrellando contra el suelo sus mejores vajillas y cristalerías. Tenía la cara brillante de sudor, y le caían mechones de cabellos dorado sobre los ojos.

-¡Mamá, no! -exclamó Jonás, corriendo hacia el montón de añicos que cubría el suelo. Lo retuve a tiempo antes de que tocara los cristales trotos.

-Mamá, por qué estás rompiendo todas esas cosas tan bonitas? -le pregunté.

Se detuvo y se quedó mirando la tacita de porcelana que tenía en la mano.

-Por que les tengo mucho cariño. -Arrojó la taza al suelo y no esperó siquiera a verla romperse antes de arrojar la siguiente.

Jonás se puso a llorar.

-No llores, mi vida. Compraremos otras mucho más bonitas.

La puerta se abrió de golpe y entraron tres agentes del NKVD con fusiles rematados por bayonetas.

-¿Qué ha pasado aquí? -quiso saber un agente alto, mirando el desastre a su alrededor.

-Ha sido un accidente.

-Han destruido propiedad soviética -bramó el agente.

Jonás se acercó la maleta un poco más, temeroso de que pudiera convertirse esta también en propiedad soviética de un momento a otro.

Mi madre se miró en el espejo del vestíbulo para arreglarse el pelo y se puso el sombrero. El agente del NKVD la golpeó en el hombro con la culata de su fusil, empujándola de bruces contra el espejo.

-Cerdos burgueses, siempre perdiendo el tiempo. No vas a necesitar ese sombrero -se burló.

Mi madre se incorporó y se puso muy tiesa, y luego se alisó los pliegues de la falda y se ajustó el sombrero sobre la cabeza.

-Discúlpeme -le dijo con voz rotunda, antes de ponerse en el pelo su pasador de perlas y de colocarse los rizos debajo del sombrero.

¿Discúlpeme? ¿De verdad fue eso lo que le dijo? Esos hombres irrumpieron de noche en nuestra casa, la empujaron contra el espejo ¿y ella les pidió que la disculparan? Luego cogió su largo abrigo gris, y de pronto comprendí. Se estaba comportando con los agentes soviéticos con mucho tiento porque no sabía lo que podía ocurrir a continuación. Entonces la volví a ver en mi cabeza, ocultando joyas, documentos, plata y otros objetos de valor dentro del forro del abrigo.

-Tengo que ir al cuarto de baño -anuncié, en un intento por desviar la atención de mi madre y de su abrigo.

-Tienes treinta segundos.

Cerré la puerta del cuarto de baño y sorprendí el reflejo de mi rostro en el espejo. Entonces no tenía ni idea de lo deprisa que iba a cambiar, de lo poco que tardarían mis rasgos en desdibujarse. De haberlo sabido, me habría quedado mirando fijamente mi reflejo, para aprendérmelo de memoria. Era la última vez que me miraría en un espejo de verdad durante más de una década.

Entre tonos de gris, de Ruta Sepetys.

Anuncios
Estándar

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s