52 palabras, Fotografía

5/52 palabras: agua

20141026 (062)

Apenas había corriente y descendíamos el lago con lentitud, a no mucho más de cuatro o cinco kilómetros por hora. La brisa soplaba desde el norte y estrellaba pequeñas olas contra la proa de la barca, lo que dificultaba nuestro avance. Con la canoa deslizándose muy próxima a la orilla izquierda, desde el canijo cubículo de posición de remero, veía alzarse imponentes farallones de roca basáltica sobre mi cabeza, con las afiladas puntas de sus cerros hincándose en el pecho metálico del inmenso cielo. Daba gracias al diablo o a los dioses de que no estallase una tormenta, pues aquellas paredes se cortaban a pico sobre el agua y no había lugar en donde refugiar la embarcación. A cada escarpadura le sucedía otra y, al fondo, una mole rocosa formaba una punta saliente que no dejaba ver el resto de la costa. Cuando al fin de un largo esfuerzo lográbamos doblar el cabo de rocas, de nuevo se dibujaba un paisaje parecido: enormes cortadas de piedra sobre el río, teñido de color gris por el reflejo del basalto, y otra vez una larga distancia hasta el siguiente pico que cerraba el horizonte.

Miré mi reloj cuando, de pronto, como señalaban las guías del río, el viento se levantó. Eran las cinco. Noté, en primer lugar, un golpe bajo mis pies y, de inmediato, sentí que la canoa comenzaba a bailar. Las ondas corrían a lo largo de las bordas. Unas lo hacían hacia el sur y otras hacia el este, en un bamboleo sin sentido; a cada minuto que transcurría, la violencia del viento aumentaba y las olas del centro del lago formaban espumarajos blancos. Habíamos recorrido algo más de veinte kilómetros durante la jornada y el temporal nos obligaba a refugiarnos en tierra.

Por suerte, nos encontrábamos en una zona próxima a la ribera en la que la costa se dibujaba en una sucesión de pequeñas playas de guijarros. No obstante, nos costó un enorme esfuerzo alcanzar la orilla. El oleaje nos empujaba lago adentro, como si la tierra nos rechazara y nos indicase que éramos unos extraños. Pensé que el Labergue trataba de ahogarnos.

Al fin, a fuerza de violentos golpes de remo, logramos alcanzar una playa repleta de troncos rotos y alisados por la vehemencia del deshielo del río. Saltamos a tierra y tiramos de las barcas para amarrarlas a los árboles más próximos. Había comenzado a llover con fuerza y el lago bullía como un caldero colocado sobre un fuego muy vivo.

El río de la luz. Un viaje por Alaska y Canadá, de Javier Reverte.

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